Lo verdaderamente truculento del caso de Sister Hong es la grabación sistemática de actos sexuales sin consentimiento y su comercio como producto pornográfico. Una producción en serie de personas deseantes convertidas en espectáculo para otros aún más solitarios.
Sin embargo, lo que muchos han decidido hacer con los fragmentos es simplemente burlarse del maquillaje del delincuente, de sus pelucas, de su postura. Otros preguntan, con ingenuidad: “¿Acaso no sabían que era un hombre?”, como si ser hombre o mujer determinara lo ético en el ejercicio de la violencia. O peor aún, como si el nivel de violencia se midiera por la fealdad o la belleza de las personas implicadas. Pues, para muchos, es casi inverosímil ver que un trans al que consideran “ridículo/viejo/feo/pasado de moda” tenga la capacidad de follarse a tantos hombres jóvenes y físicamente atractivos, ¡duh! Así, llegan con facilidad ciertos comentarios que reviven discursos ya caducos, como ese que afirma desde una perspectiva ultra conservadora y despectiva que “el hombre usa cualquier hoyo”. Una frase que implica la negación de que el deseo tenga discernimiento. En pleno siglo XXI, cuando sabemos que la sexualidad no se define ni por la genitalidad ni por la heteronormatividad, seguir replicando esa idea es profundamente retrógrado. La sexualidad humana es plural, fluida, muchas veces contradictoria. Pretender reducirla a una ortodoxia normativa es ignorar todo sobre subjetividad y libertad.
Este caso es también una síntesis brutal del aislamiento afectivo del mundo posmoderno. Un mundo donde el vínculo se ha vuelto tan escaso que puede comprarse un poco de “emoción erótica” con una sandía. Donde esa emoción, que alguna vez implicó vulnerabilidad, deseo y juego, hoy se vende como anestesia contra el vacío. Y cuando lo que falta es vínculo, cualquier simulacro de atención puede parecer ternura. Incluso si viene desde una evidente trampa.
Además, entre quienes más comparten los videos de los hombres violentados están algunas mujeres que, con tono burlón, se ríen como si todo fuera un sketch de comedia negra. Ignoran, con ligereza, el trasfondo de violación sistemática, y deciden encumbrar a Sister Hong como una especie de diosa sexual posmoderna, una heroína que “pudo cogerse a un montón de hombres de todo tipo”. En ese gesto celebratorio se reproduce, sin crítica alguna, la misma lógica machista que valora al hombre por la cantidad de mujeres que ha poseído. Como si el abuso se redimiera por cantidad o por atrevimiento. Como si el hecho de que los cuerpos violentados sean masculinos cancelara, de golpe, toda ética. En un país donde existe la Ley Olimpia, ver a tantas mujeres compartiendo esos clips como si fueran memes, no solamente revela una hipocresía atroz, sino una alarmante falta de empatía frente a lo que implica el consentimiento, la intimidad y el cuerpo.

